Formación de las Junioras Adoratrices
Las 8 junioras Adoratrices -Ankita, Phulmani, Hang, Hue, Laxmi, Marie Flore, Inmaculada y Marie Reine- que se preparan en Roma para sus votos perpetuos continúan viviendo un tiempo de gracia, formación y comunión.
Durante esta primera etapa de su itinerario formativo en la capital italiana, han tenido la oportunidad de reflexionar sobre temas profundamente ligados a la identidad y misión de la vida religiosa hoy, como el Sínodo sobre sinodalidad, el compromiso comunitario, la Misión Compartida y la dimensión apostólica de la Adoración.
A través de varias preguntas concretas, han compartido su experiencia personal y espiritual. Sus respuestas, llenas de autenticidad, revelan cómo el Espíritu sigue actuando en sus vidas y cómo la formación que están recibiendo aporta frutos visibles.
El Sínodo y la vida consagrada femenina
Al ser cuestionadas sobre las resonancias del Sínodo en su vocación como mujeres consagradas, las junioras expresaron esperanza, compromiso y una mayor conciencia de su papel en la Iglesia.
“Me siento como una pequeña semilla de esperanza y asumo con responsabilidad la misión de difundir alegría y esperanza. A través de esta experiencia, también reconozco la importancia de que las mujeres participemos en la formación y las obras comunes de la Iglesia”, afirmaba una hermana.
“El Sínodo me recordó que todas estamos en este camino juntas, y eso me da una verdadera esperanza para el futuro. También aprecio profundamente el espíritu del Papa Francisco al dirigir el Sínodo. Por primera vez, veo al Espíritu Santo inspirando un cambio desde la estructura de la Iglesia hacia una forma de convivencia más inclusiva y sinodal.”, compartía otra.
“El Documento sinodal nos dice que la vida consagrada es sinodal porque vivimos en comunidad, practicamos la escucha, discernimos juntas y buscamos la voluntad de Dios en comunión por eso nos invita a reafirmar nuestra propia identidad y misión al tiempo que continúan impulsando una mayor corresponsabilidad y superar los desafíos que aún persisten.”, subrayaba una tercera.
También destacaron la llamada a vivir con libertad interior, apertura al diálogo y atención a lo que Dios pide:
“Ser clara y transparente en las relaciones, sin apegos, solidaria con los que sufren, con nuestras mujeres y estar atenta a lo que Dios me pide (…), procurando reconocer las mediaciones”.
Un compromiso que nace de la vocación
El proceso sinodal y el tiempo de formación interpelan a las hermanas no solo a nivel educativo y espiritual, sino también concreto y práctico. Así lo expresan al hablar de sus compromisos personales y comunitarios tras abordar el tema del Sínodo:
“Mi compromiso personal es seguir viviendo y promoviendo la sinodalidad cada día más como un estilo de ser Iglesia, enraizado en la comunión fraterna, mi participación activa y creativa en la misión, en la escucha al Espíritu, discernimiento personal, conversión interior, actitud de escucha activa, testimonio de vida coherente”.
“Esto me compromete a vivir fielmente mi llamada, respondiendo Si, cada día, manteniendo una vida de oración, de Adoración. Construyendo fraternidad, en la comunidad, en la Congregación. A no encubrir situaciones de abuso de cualquier tipo. Tener siempre alguien que me acompañe en el camino, dejarme acompañar por la comunidad, por los que comparten la vida conmigo, es aceptar, reconocer las mediaciones de Dios”.
“Quiero aprender a discernir en la vida dialogando en el Espíritu Santo. Al mismo tiempo. anhelo convertirme en una persona más valiente para alzar la voz en una sociedad carente de justicia, colaborando con la Iglesia local y parroquia donde vivo para contagia la esperanza viva”.
Misión Compartida: una llamada a caminar con otras personas
La Misión Compartida es una de las claves del carisma y la misión Adoratrices, una realidad que define el estilo apostólico Adoratriz hoy. Así lo entienden las junioras, que la definen como:
“Parte importante de la Congregación, el lugar para compartir la misión que Santa María Micaela nos ha dejado con los colaboradores, laicos, etc. Es un proceso largo de compartir experiencias y crecer juntos en la adoración y liberación, participando conjuntamente, con corresponsabilidad, aprendiendo juntos y acercándonos al método de la Pedagogía de Adoratriz”.
“Un caminar juntas con los laicos en la corresponsabilidad y la participación activa en la misión y también es una invitación a construir y trabajar en fraternidad, solidaridad por un mismo objetivo en la confianza y el dialogo.”.
También subrayan que la Misión Compartida no se limita a colaborar, sino que implica una transformación mutua desde el carisma:
“Una llamada a compartir y vivir la misión con los laicos desde la conciencia de que nuestra identidad no nos pertenece en exclusiva, es una misión de Dios para la Iglesia, a la que todos, estamos llamados a desempeñar para el bien de las mujeres de nuestra misión”.
Contagiar la alegría de la vocación
Las respuestas en torno a la alegría vocacional están llenas de fuerza interior y gratitud:
“Cuando descubrí este carisma, fue como si siempre hubiera estado ahí respondía a todas mis inquietudes, preguntas, parecía lo habían escrito todo para mí, respondía a los sueños que ni siquiera me atrevía a formular, toda una explosión de alegría, de libertad”.
“Mi vocación Adoratriz es un Don que el Señor me ha confiado y regalado, al vivirlo con profundidad, pasión y sencillez recibo la gracia de Dios, me siento responsable para poder contagiar muchas personas en mi camino”.
“Cuando uno experimenta de verdad la alegría de la vocación, entonces puede transmitir la felicidad de la vida consagrada (…). La primera forma concreta de irradiar esta alegría debe comenzar en la propia comunidad donde vivo. Luego, se extiende a las personas que nos rodean”.
Las hermanas hablan también de crear ambientes acogedores, testimoniar con sus vidas y colaborar con la juventud y la pastoral vocacional como caminos para compartir la alegría de su llamada.
Adoración con dimensión apostólica
Para cerrar este espacio de reflexión, las junioras compartieron cómo viven la dimensión apostólica de la Adoración:
“Quiero definir esta dimensión apostólica con estas palabras: La evangelización, Misión, Transformación, Testimonio, comunión que, a través de ellos, la Adoración me impulsa más a compartir la Fe y llevar a Cristo a otros”.
“Adorar es construir una relación profunda con Dios, llena de su gracia y amor”.
“Es un encuentro intimo con Dios en la oración y Adoración, que no se quedó en el ámbito personal, sino que me impulsa, me capacita y fecunda mi participación activa en la misión evangelizadora de la Iglesia en el mundo”.
“La dimensión apostólica de la adoración significa convertir nuestra oración y adoración en una misión. Se trata de ser testigos del amor de Dios, servir a los demás, orar por sus necesidades y compartir su mensaje con el mundo”.
Con una mirada agradecida, una hermana resumía así lo que significa para ella esta dimensión:
“Nuestro Carisma Adoratriz en toda su profundidad y dimensión. Algo que me constituye, me da identidad. Que me transforma. Me hace sentir parte de la Vida. a Jesús y a los hermanos de modo especial”.
Este camino de preparación para sus votos perpetuos sigue dejando huellas profundas en la vida de nuestras hermanas junioras. Acompañémoslas con nuestra oración, y dejémonos también interpelar por su testimonio: vivir hoy la Adoración y la Liberación con alegría, escucha y comunión.