Cúcuta: Misión compartida entre Oblatas y Adoratrices

Cúcuta: Misión compartida entre Oblatas y Adoratrices

Cúcuta: misión compartida entre Oblatas y Adoratrices. Hay experiencias que no se explican solo por la necesidad o por la organización. En Cúcuta (Colombia), la misión compartida entre congregaciones ha sido vivida como un camino “concreto, encarnado y prolongado en el tiempo”. Así lo presenta el ensayo “Cuando dos carismas se encuentran: Oblación y Adoración como camino de liberación”, escrito por Germán Gabriel Guayazán (psicólogo y laico de la Familia Adoratriz), al narrar el caminar intercongregacional entre las hermanas Oblatas y las hermanas Adoratrices durante más de tres años.

El propio texto nombra el rostro de esa realidad: mujeres en contextos de prostitución, víctimas de trata de personas, de múltiples violencias y del conflicto armado. Y subraya un punto decisivo: esta experiencia no se presenta como “simple estrategia pastoral” ni como “alianza funcional para optimizar recursos”, sino como un acto “profundamente teológico y espiritual”. Se trata de una “respuesta obediente a un Dios que se revela en la Eucaristía y que sigue clamando liberación para sus hijas más heridas”.

Esta misión compartida en Cúcuta defiende “cómo la oblación y la adoración al Santísimo Sacramento, vividas en fraternidad intercongregacional, han sido fuente de transformación personal, comunitaria y apostólica”. En esta experiencia, Jesús Eucaristía “se ha convertido en el centro que convoca, sostiene y envía”.

Un camino abierto para la misión compartida en Cúcuta: Oblatas y Adoratrices

El ensayo sitúa esta sinergia en el marco del Concilio Vaticano II y afirma que la intercongregacionalidad puede leerse hoy como “signo de los tiempos”: una respuesta evangélica a desafíos sociales complejos que superan lo que un solo carisma puede abarcar por sí mismo.

El texto no idealiza el proceso: reconoce “tensiones, aprendizajes y procesos de conversión”, y subraya que la comunión no nace de la uniformidad, sino de la comunión.

Esta relación entre congregaciones distintas requiere una “espiritualidad de despojo”, capaz de renunciar a seguridades, modos propios y lenguajes internos, para abrirse a la escucha del otro y del Espíritu. Cada congregación “ha tenido que reconocer sus límites, sus falencias —tanto a nivel espiritual como en el trabajo en equipo— y permitir que el carisma de la otra ilumine, complemente y cuestione”.

Oblación y Adoración: dos carismas, un mismo Amor

Uno de los ejes del ensayo es mostrar la complementariedad entre la oblación (en el carisma de las Oblatas) y la Adoración (en el carisma de las Adoratrices).

El texto describe la oblación como “entrega total, gratuita y constante”, especialmente al servicio las mujeres a las que se les ha negado su dignidad. Supone una espiritualidad “marcada por el ofrecimiento cotidiano de la vida, por la disponibilidad radical y por la cercanía compasiva con el dolor humano”.

El carisma de las Adoratrices, es presentado como arraigado en la contemplación del misterio eucarístico y en la Adoración prolongada al Santísimo Sacramento, desde donde brota la misión de Liberación de la mujer explotada y marginada.

Asimismo, subraya que la Adoración “no es evasión del mundo, sino una inmersión más profunda en él”, iluminada por la presencia real de Jesús en la Eucaristía.

El texto formula la complementariedad entre estos dos carismas: “La oblación encuentra su fuente y su sentido último en la adoración; la adoración, a su vez, se verifica y se encarna en la oblación concreta de la vida puesta al servicio de las mujeres vulnerables”.

“En la Eucaristía, Cristo se ofrece y se queda. Se ofrece como pan partido y se queda como presencia permanente. Allí confluyen oblación y adoración”, añade.

Cúcuta: frontera y “lugar teológico”

El ensayo describe Cúcuta, como ciudad de frontera (con Venezuela) atravesada por migraciones, violencia estructural, economías ilegales y profundas desigualdades, y como “lugar teológico” donde Dios se revela particularmente en el clamor de los pobres.

En este contexto, la experiencia intercongregacional “ha sido un signo de esperanza”. Las comunidades religiosas se han confrontado “con realidades extremas de sufrimiento, pero también con sorprendentes procesos de resiliencia, búsqueda de sentido y apertura a Dios”. 

La misión en este la misión no se reduce a lo asistencial o lo psicosocial —aunque el ensayo reconoce ambos como “fundamentales”—, sino que se entiende “ante todo” como espacio de encuentro: con las mujeres, entre hermanas y con Dios.

Y el texto concreta esa vivencia: “cada visita, cada taller, cada espacio de escucha” fue vivido como “terreno sagrado”.

A pesar de las limitaciones, “la fraternidad ha emergido como un testimonio silencioso pero elocuente” y las mujeres pudieron percibir “que no se trataba solo de proyectos o intervenciones, sino de una presencia amorosa, coherente y sostenida en el tiempo”. 

Fraternidad real: conflicto y conversión

“Caminar juntas no ha sido fácil”, afirma el texto, al señalar diferencias de estilo, organización, comprensión de la misión y vivencia espiritual.

Pero interpreta esas dificultades como lugar de crecimiento, y sostiene que la fraternidad no se ha entendido “como ausencia de conflicto, sino como capacidad evangélica de atravesarlo desde el amor, la escucha y el perdón”

La oración compartida entre las hermanas, especialmente en torno a la Eucaristía, “ha sido el eje vertebrador de este proceso”, pues, ante el Santísimo Sacramento “las diferencias se relativizan, las heridas encuentran bálsamo y la misión recupera su centralidad”.

La Eucaristía: fuente, centro y culmen

El hilo conductor se declara sin ambigüedad: Cristo Eucaristía, “no como elemento devocional añadido”, sino como corazón de la misión intercongregacional.

“En la adoración, las hermanas han aprendido a mirar la realidad con los ojos de Jesús, a cargar con el dolor ajeno sin apropiárselo, a ofrecerlo como oblación confiada al Padre. En la Eucaristía celebrada, han reconocido el envío permanente a partirse y repartirse por amor”.

El texto añade un matiz especialmente significativo: muchas mujeres, aun estando lejos de lo religioso institucional, pudieron percibir “una forma de amar que no juzga, que espera, que permanece”; y concluye: “en este sentido, la Eucaristía ha sido verdaderamente sacramento de liberación.”

Una esperanza compartida

Que esta misión compartida en Cúcuta nos ayude a reconocer lo esencial: la misión se sostiene cuando nace de un centro vivo. Que la Adoración sostenga lo que a veces pesa, y que la Liberación siga encontrando caminos concretos allí donde la dignidad ha sido herida.

Y que, en medio de tanta frontera, no nos falte nunca lo decisivo: permanecer en Jesús Eucaristía para volver, una y otra vez, al encuentro con las personas.

 

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